lunes, 14 de abril de 2025

Un cuento sobre el agradecimiento.

 


—La camioneta de carga avanza con dificultad por el camino de tierra entre charcos de agua y barro, en ese instante comienza otro aguacero torrencial y los faros iluminan el sendero de forma tenue.

                                                   


—Dentro de la camioneta, había otra persona acompañando al conductor.

—Al final del camino se observa una cabaña, que justo en ese instante se ilumina con la luz azul de un relámpago, y tras unos segundos la tierra tembló por un fuerte trueno.

—En medio de la tormenta, el conductor se aproximaba con rapidez a la puerta y golpeaba de manera insistente, pero nadie responde, vuelve a insistir. En esta ocasión se oye el crujir de la puerta que abre apenas, y desde dentro se escucha una voz femenina que dice: — ¿Qué quiere? — pregunta con una voz ronca y pronunciando las palabras de manera pausada.

—Traigo a mi esposa, me comentaron que “usted” puede sanarla— dijo el hombre con tono apurado.

Implora con urgencia y exclama — Por favor, ayúdela; le pagaré lo que sea—. En ese preciso momento, un relámpago brilla, iluminando el rostro del hombre, donde sus lágrimas se confunden con la lluvia. La puerta se abre y la voz confirma — ¿Estás seguro de que me pagarás lo que te pida?

— ¡Sí! Exclama con desesperación el individuo.

— ¡Tráela!

Va de prisa hacia su esposa, a la camioneta y casi arrastras la mete a la choza.



—El interior se encuentra iluminado por lámparas de aceite, las cuales proporcionaban un aire sombrío al ambiente.

Mi esposa está muy enferma, la he llevado con varios médicos y no la han podido curar, dicen que su mal ya no tiene remedio, me han hablado de "uste" y he decidido venir, pero ya ve que hasta la naturaleza conspira contra mí.

La cara de la curandera se ilumina por la luz de las lámparas, y se pueden apreciar las arrugas que se hunden en su rostro.

—Ella miró a la esposa y supo que era verdad lo que él decía. A partir de entonces, su actitud cambió y comentó: —Efectivamente, tu mujer se muere —mientras la examinaba con una mirada inusual, pues no se enfocaba en el físico, era como si su mirada se hundiera en el cuerpo de la mujer.

—Después de eso exclamó: no te preocupes, nadie se muere antes de tiempo —y desvió la mirada.

—En ese instante, al hombre le llamó la atención el rostro de la “bruja”, como la apodan los lugareños. Unos minutos antes, estaba seguro de que era una anciana y ahora era tan distinta; no podía creerlo.

—La “bruja” habló. —Ponla aquí—, señalando un petate (esterilla tejida de palma) sacando al hombre de sus pensamientos.

— ¡Tú me vas a ayudar! —Él asintió, mientras la mujer se ocupaba de sus utensilios de trabajo.

 

Sobre un pequeño brasero de barro, colocó algunos carbones e hizo un fuego de manera diestra, cuando las ascuas estaban al rojo vivo, arrojó sobre ellos unos trozos de resina que, al quemarse, emanó un humo blanco que llenó la habitación. Liberando un olor a cítrico muy agradable y una sensación de purificación inundó toda el área; con el bracero roció la habitación y el cuerpo de la mujer enferma que permanecía acostada en el petate.

Luego tomó un bulto y sacó un lienzo que se expandió en el suelo, sobre el cual puso el pequeño.

 Bracero y otros elementos rituales, incluyendo un envoltorio que colocó con mucho cuidado.

Con una sonaja elaborada de una calabacilla, inició un canto ceremonial; el ritmo llenó todo el

 espacio. Al concluir dijo: — “Guardianes de los cuatro puntos, les ruego que intercedan por esta mujer llamada Lucía…” —El hombre quedó asombrado porque él nunca le había dicho el nombre de su esposa.

—… Te pido por su salud, por si todavía merece estar en el mundo de los vivos. “Ven en mi auxilio, madre mía, tú la de falda de piedras preciosas, ¿qué te mantiene lejos, fantasma gris, fantasma blanco?” ¿Es el obstáculo blanco o es amarillo? Mira esto, pongo aquí el encantamiento amarillo y el encantamiento blanco. * (Jacinto de la Serna)— Ella siguió con su invocación.



Del paquete que había dejado en el lienzo momentos antes, sacó una Chanupa (pipa ceremonial). Añadió más resina al brasero y con el humo que se elevaba, limpió la pipa. Sus gestos revelaban una sola cosa: ¡maestría! De una bolsa de cuero extrajo pequeñas cantidades de una planta seca y llenó la pipa. Comenzó a cantar de nuevo, la encendió y rezo en voz baja una oración en una lengua que el hombre no comprendía. De vez en cuando, fumaba su pipa y continuaba con sus plegarias.

El aire empezó a impregnarse de un intenso aroma a tabaco. La curandera llevó la boquilla de la pipa a sus labios. Aspiró y, al exhalar, una densa nube de humo envolvió su rostro. Mientras tanto, extienda ambos brazos para entregar la pipa al hombre.

A través de la neblina de humo, logró distinguir el rostro de la curandera, surcado por arrugas, tal como la había visto al llegar. El hombre se sorprendió, y casi dejó caer la pipa de sus manos.

Ella lo reprendió con firmeza.

—Si tiras la pipa, tu esposa se muere. —Dijo en tono amenazante.

El hombre inhaló de manera torpe y tosió con escándalo. La sanadora lo observa con un brillo en sus ojos y comentó: —Es obvio que esta “medicina” es muy potente para ti. —Mientras le arrebataba la pipa de las manos. En ese instante, surgió una llamarada del pequeño brasero, iluminando la estancia reducida.

El hombre se echó hacia atrás asustado, aun sin recuperarse del ataque de tos provocado por el humo del tabaco.

—No te preocupes, todo está bien, es mi “abuelo” el que desprende la enfermedad de tu esposa— en el instante en que la llama comenzaba a disminuir. Los carbones encendidos lanzan chispas de manera desenfrenada.

Pocos momentos después, la sanadora se quedó inmóvil, como si algo la poseyera, y pronunció: “Mi abuelo, el fuego, afirma que tu esposa se recuperará, pero a cambio, necesita un sacrificio de parte de ambos”.

— ¡Sí! ¡Por supuesto! ¡Uste, solo dígame la cantidad! —La sanadora lo atravesó con la mirada

—No es cuestión de dinero. —respondió ella con cierta frialdad.

El hombre dudó antes de preguntar. —¿Entonces?

La curandera soltó una risa.

—Tampoco es acerca de tu alma, si es lo que imaginas. No hago ese tipo de cosas. Se trata de un reconocimiento que ambos deben ofrecer, un agradecimiento que provenga de lo más profundo de su ser, sea por mucho o por poco de lo que tienen. ¿Eres cristiano, ¿verdad?

—Sí, creo que sí. —sonrió la curandera.

—Es importante que sepas que en tu libro sagrado se menciona: “A quien posea se le otorgará más, y tendrá en gran cantidad”. “A quien no posea, incluso lo que tiene, le será quitado”. Alude al agradecimiento, pero no llegaste hasta aquí para que te hable de tu fe.

Si no realizas el pago que el fuego demanda, nunca te presentes otra vez ante mi puerta porque no podrás ayudarte más. ¿Lo aceptas?

—Sí… señora. Contestó apenado.

— ¡No puedo oírte!

—¡Sí, señora!

— ¡No grites que no soy sorda! Entonces formalicemos el acuerdo. —Con un movimiento centelleante tomó la mano del hombre y le hizo una pequeña cortada en un

 dedo con una navaja, para cuando él quiso reaccionar, ya caían gotas de su sangre en el fuego.

— ¡Está completado!

Sosteniéndose la mano y con un gesto de dolor, el hombre comentó: — Una vez alguien nos alertó que mi esposa iba a morir por una grave enfermedad.

—En realidad, sí, esa era su suerte, pero a partir de ahora, si ustedes agradecen cómo les indicaron, pueden transformar su oscuro destino en algo mejor. Esta conexión que establecerán con lo que ustedes crean, debe realizarse un día de los primeros cuatro del mes; Después del día cinco ya no tendrá importancia, ¿no es sencillo?

— ¿Y de qué manera lo vamos a hacer?

—Puedes quemar un poco de incienso,

incluso si sientes la necesidad de prender una vela y fusionarse con lo que ustedes creen, con lo que los originó y desde ese lugar expresar su agradecimiento Deben permanecer en ese estado de conexión durante unos minutos; con la práctica, no solo agradecerán por Uds. sino también



Por aquellos que no lo hacen, aunque te comento que esto requiere práctica. Este ejercicio deberá realizarlo mes a mes hasta que mueran miro al hombre fríamente.

Puedes llevar contigo a tu esposa, no te preocupes, ella con el tiempo irá recuperando su luz como lo indica su nombre y sanará otra vez.

La sanadora, apresurada, guía a la pareja hacia la entrada, ¡váyanse ya!, cerrando la puerta detrás de ella.

 “HABLEN, INVÓQUENOS, SALÚDENOS” —Así les fue dicho. (popol-vuh)

 La técnica: Descarga aquí 




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